Desde la barra del bar

Cuando la noche alumbra la vida, las sombras tienen ojos y el claroscuro les envuelve, ellos airean sus almas. Respirando al ritmo de acordes, buscan la complicidad del desconocido mientras calientan el espíritu con los efluvios del alcohol.
Aislado de todos con actitud distante, observa idas, espera venidas, anota fragmentos de realidades de dudosa veracidad, verdades de una absurda realidad.
Febriles ojos de mirada profunda, resecas gargantas ansiosas por saciar su sed, corazones heridos a la espera de una cura de humanidad. Tenues luces resaltan la palidez de acompañantes itinerantes mientras suena la música, siempre fiel compañera, ardiente amante de soledades.
Cuando el ritmo penetra por las venas, conquistando cada milímetro del cuerpo, cada rincón del alma, el deseo de calor ajeno exige el abrazo posesivo de quien necesita para ser.
Dejó de esperar compañía a este lado de la barra hace tiempo. Solo precisa voces resquebrajadas por el uso, llantos de incrédulos conversos, carcajadas de supervivientes convalecientes para no perder la confianza en el mañana del hoy.
Pasa horas observando a las estrellas de la farándula nocturna. Absorbe ávido la sabiduría de desvaríos, disfruta delirios solitarios, entiende la búsqueda de compañía en un viaje a ninguna parte, comparte la soledad del camino no transitado, el orgullo del caballero solitario ajeno al tiempo que le tocó vivir.

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

¿Ser o estar?

El valor del tiempo varía según personas y realidades. Objeto de deseo y hasta de culto, se convierte en superfluo y desdeñable a golpe de ignorancia. Error común y paradójico en seres perennes, con desconocida e improrrogable fecha de caducidad. Nuestra prepotencia como especie, la pérdida de valores y conciencia nos lleva a olvidar la realidad, la vida está hecha de pequeños momentos.

Una buena conversación nunca fue ni será equiparable al animado parloteo sin sentido de personas vacías. El valor del silencio está por encima de la desesperación fruto de la soledad mal entendida. El calor de una sonrisa, caricia o mirada jamás se verá reflejada por emoticonos de serie o mensajes comprimidos.

Pararse en medio de la corriente para discernir entre lo urgente y lo importante, lo necesario y lo deseable, entre felicidad y comodidad, requiere conocimiento personal pero también consciencia del camino a seguir. El deseo de ser uno mismo, de saber dar para recibir, de ser fiel a sentimientos y sentidos, no siempre es cuestión de tiempo sino más bien de la consecución de una serie de pasos en un transitar tortuoso, de aceptar pagar el precio implícito, el dolor exigido.

 

 

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