Desde el otro lado del charco

Yo no tuve un tío en América pero si un primo que llenó las navidades de ilusiones made in USA y los veranos de sabor puertorriqueño. Celebrábamos sus visitas con la alegría de los que admiran, quieren y envidian a partes iguales. Nos sentíamos especiales bajo su sombra,  afortunados partícipes de la irónica sabiduría de quien se ríe de uno mismo como punto de partida para mofarse del mundo.

Fue padrino de varias generaciones, nunca entendí por qué debía compartirlo con todos si cada uno tenía el suyo. Relevo de la figura paterna, fiel admirador cuando no seguidor de descabelladas andanzas, heredero de un sentido del humor fuera del entendimiento común, amigo fiel más allá de la distancia.

Protagonista de divertidas noches navideñas con Papa Noel como invitado principal, villancicos cantados a pie del portal y risas flotando en el ambiente. Intérprete de habaneras a golpe de guitarra,  números musicales al son de las maracas y rítmicas escenificaciones con una silla como escenario.

Viejo profesor antes de serlo, hacedor de mágicos regalos: libros cargados de historias de aventuras y caballeros andantes, una gran maleta de piel blanca compañera de mis primeros pasos por el mundo o un mes en Inglaterra cuando la adolescencia aún turbaba la mente.

Cicerone en el Madrid de los descubrimientos, conversador experimentado, humorista aventajado. Firmaba los manteles con quemaduras de cigarrillo, bañaba los días con vino y sus noches en whisky. De frágil figura y alargado recuerdo, a través de su sonrisa los sueños eran accesibles y el cariño sin artificios un derecho al uso.

Digno sucesor del maestro, hijo de una luchadora, hermano pequeño de un amor sin fronteras. Hasta el último encuentro, a pesar de los años y las cicatrices, me hizo sentir hasta las lágrimas. Su ausencia resultó dolorosa, su marcha un hasta siempre en el recuerdo.

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Querido papa:

Otra celebración no compartida y ya son muchas pero lo peor es saber que ninguna más lo será. Intento mantenerte al corriente de todo lo bueno y aunque soy experta en ver lo mejor de cada situación hay veces que resulta imposible contarte nada. También se escapa alguna mala noticia en esos casos, nunca te imagino sorprendido porque siempre parecías adelantarte a mis pensamientos. Mama dice que soy igual que tu. Quiero creerlo aunque no siempre sea un elogio.

Hoy he pensado mucho en ti, con el tiempo me he vuelto sentimental. No he olvidado tus advertencias sobre el peligro de mostrar los sentimientos pero tras  lo acontecido durante estos años, prefiero exponerme por lo dicho a perder la oportunidad de hacerlo y vivir con remordimientos de silencios irrecuperables.

Me gusta coincidir con amigos o personas que te conocieron, aún hoy hay quien al oir el apellido o verme reir, pregunta si soy tu hija. Son experiencias entrañables, cargadas de emociones dormidas por el día a día. Conocer nuevas anécdotas, recordar tus ironías o saber de aquellos memorables momentos de un mundo ya inexistente sigue emocionándome.

Recuerdo cuando enfermo mama no quería que salieras solo a la calle y  le contestabas despreocupado que nunca estabas solo, todo el mundo te conocía. Han pasado treinta años y somos pocos los que aún te recordamos, en unos años seremos menos. Es difícil asumirlo aunque de eso va todo este montaje

Una vida para recordar, una eternidad en el olvido.

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