Nombres del ayer

Será este crudo invierno que ha tintado de gris la realidad circundante o tal vez las despedidas sin previo aviso, consecuencia del veloz paso del tiempo o mejor dicho, de la brevedad de nuestro tiempo. Quizás sea todo y muchos pocos más.

Mientras la lluvia cae persistente e indiferente, la mente vuelve al ayer para rescatar algunos nombres, supervivientes al olvido, como pequeñas estaciones a lo largo del camino.IMG-20150206-WA0005

Apenas llegábamos de puntillas al mostrador cuando íbamos a verla. Charito, femenina en sus redondas formas, de una blancura inmaculada y permanente sonrisa pintada de Dior, avisaba de nuestra llegada.

En una ventanilla cercana, entre paquetes y sellos, trabajaba Atilano. Alto, serio, guardaba con cuidado cuantos ejemplares de estampillas raros caían en sus manos. Años después, llegaría Rosa, su sonrisa iluminaba aquella enorme oficina donde los hombres predominaban y las mujeres brillaban.

Por alguna extraña razón rutinas cercanas forman parte de recuerdos en primera persona: el pan en Meyos, los pasteles y el huevo hilado de Polledo, la carne de Delfina, los periódicos en Luisa, las tardes cosiendo en casa de Ana.

Las baldosas mojadas del casco antiguo hablan de Eloy, viejecito del que tan solo alcanzo entrever una amable sonrisa. De Moncho y Esther. Elegante y alta por igual, sus larguísimas piernas con leggins y francesitas aún hoy no pasarían desapercibidas. El bajito, rechoncho, desprendía bondad en cada gesto. No había encuentro sin monedas de chocolate envueltas en dorado papel.

De la escuela sobresalen dos nombres entre tantos, Doña Elena y Don Felipe. A pesar de los años, es imposible nombrarlos obviando semejante tratamiento.La férrea disciplina, la sobriedad y personalidad de una mujer todo carácter a la que le encantaba un traje de chaqueta rojo heredado de mi prima Rosa, que nada tenía que ver conmigo ni con mi edad.

La modernidad llegó de la mano de Felipe Prieto y su mujer Maribel. Jóvenes, alegres, ella tocaba la guitarra, el trabajaba el cuero y fumaba en pipa, hasta el perro encajaba en la estampa.

De las incursiones en el mundo paterno, Josefa y su hija Mari del Reguero, siempre pendientes de la comida riendo las bromas ajenas. Y María, envuelta en un blanco delantal, a quien veía pelar patatas por la ventana de la cocina de la Tataguya.

El reducto femenino por excelencia se concentraba en Galé, al calor de la cafetera siempre resoplando y las bandejas de rosquillas azucaradas recién sacadas del horno. Voces imparables y ruido de sillas llenaban las mañanas por semana.

Carmina rodeada de hilos de colores, gomas de distintos grosores e infinitas hileras de botones cosidos a trozos de cartón. Entre el humo de cigarrillos visitábamos a Paco en la librería, paraíso habitado por los libros de películas de Walt Disney, la prole de Enid Blyton, Louisa May Alcott , Emilio Salgari, y tantos otros.

Hoy los recuerdos huelen a papel y tinta, penetrante perfume de fantásticos sueños. Soporte de increíbles historias.securedownload

 

 

Carácter o personalidad

Hay historias que enganchan no por su importancia, que no la tienen, sino por su contenido. Al conocer detalles o pormenores de la vida privada de hombres o mujeres que, de algún modo, han tenido o tienen relevancia, vemos satisfecha una inherente curiosidad. Sentimos a los protagonistas más cercanos aunque, sus deseos o manías les sitúen muy lejos del mundanal ruido en el que nos movemos el resto de los mortales, salvo excepciones.

Steve Jobs

Steve Jobs

El fatídico ¿Qué me pongo? Tan habitual en el día a día, parece no ser privativo del mundo femenino. Steve Jobs, según cuenta Walter Isaacson en la biografía del visionario, decidió tener un uniforme tanto por comodidad, se acabaron las dudas, como por marcar un estilo propio. El encargado de dar respuesta a sus requerimientos fue, ni más ni menos, Issey Miyake. No en vano hablamos de uno de los hombres más influyentes del mundo amén de una de las mayores fortunas. El diseñador japonés, a quien conoció cuando intentó, sin ningún éxito, imponer un uniforme en Apple, le hizo cien jerseys negros de cuello vuelto iguales. El mismo Jobs se los enseñó a Issacson doblados en el armario. Nada de perder tiempo en frivolidades.

La uniformidad que horroriza a un amplio sector de la población, se considera un signo de personalidad por algunos elegidos con el don de la excepcionalidad.

Eight&Bob

Eight&Bob

Una noche del verano de 1937 en la Costa Azul, Albert Fouquet, aristócrata parisino conocedor del perfume y creador de fragancias en el castillo familiar,  simpatizó con un joven estudiante norteamericano que recorría Francia en un descapotable: John F. Kennedy. Pocos minutos necesitó el viajero para interesarse por el aroma que Fouquet llevaba. Fruto del agradable encuentro, al día siguiente el perfumista dejó un frasco de la desconocida fragancia en el hotel con una nota: “Aquí encontrarás la dosis de glamour francés que le falta a tu personalidad americana”.

Finalizadas las vacaciones Albert recibió una carta de JFK agradeciéndole el obsequio y comentando el éxito del perfume. Por ello, le rogaba enviara 8 unidades, “y si la producción lo permite, otro para mi hermano Bob”. Fouquet esperó a encontrar un elegante y sencillo envase de cristal en una farmacia y le mandó suficiente cantidad como para amortizar el envío. Desde entonces, la fragancia se comercializa como Eight & Bob.

A los pocos meses, comenzaron a llegar cartas desde USA con pedidos para directores de Hollywood, productores y actores como Cary Grant y James Stewart. El mundo americano se rendía ante el perfume francés.