Cromosoma Y

Noviembre llegó descafeinado, con el mercurio por encima de 10 y la lluvia presente, unas veces con desgana,  otras con intensidad.
En los viejos tiempos no tenía importancia la meteorología, desbordaba ánimo para ponerse cualquier cosa encima después de llegar del trabajo y salir a fumar la noche. Ahora el listón estaba más alto, el implemento era más pesado, las vallas más elevadas y el trazado de la distancia recorría la senda de la pereza.
Había quedado con su amiga, juntas desde el colegio, las dos con el cuño diestro en la piel y el alma empapada en licor zurdo. Se decidió por los jeans rotos, una camiseta de Zara, la chaqueta folk de Ralph Lauren y unos zapatos de tacón, de los de verdad, de esos que dejan sin aliento a los fetichistas. Era suficiente, sabía que nunca pasaba desapercibida allá donde fuera, le bastaba su talento y feminidad, sin necesidad de recurrir a reclamo alguno.
Al entrar al bar donde solía quedar sonaba Tena, “tengo la moto estropeada y un perro que no ladra, tengo un disfraz pero no es carnaval …”. Últimamente se veían a menudo.

¡Hola chicas!,

¿Lo de siempre?…

y el manido…. ¿Qué tal?

Era Igor, un desconocido en realidad.

No habían dado cuenta del primer gin-tonic cuando llegaron dos tipos que le saludaron efusivamente. Hasta entonces nunca habían coincidido. No tenían ganas de intrusismos de ningún tipo e ignoraron manifiestamente sus vanos intentos por entablar conversación. A partir de ese momento ambas pasaron a la profundidad del olvido.

Primero vino la invitación exclusiva a los forasteros, situados a su vera, a catar un novedoso whisky. Después, recién llegadas del exterior con el nivel de nicotina repuesto, vieron como Igor les entregaba el visado para transgredir la normativa dentro del bar, preguntándoles antes de elegir la música. “A mí me parece muy bueno pero mejor si nos gusta a los tres”.

Ellas, simplemente, no existían.

De vuelta a casa pensaba, con cierta tristeza, lo lamentable de algunas mutaciones en el cromosoma Y. A la luz de la luna sonaba, “camino con los cordones desabrochados, tropiezo algún bar abierto al doblar la esquina …” mientras un tipo regaba la calle a su paso.

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Cuestión de fe

Creo en Paul Auster,

en la elegancia de la camisa blanca,
que dos gin tonic son pocos y tres, muchos
que a la tarta de queso le sobra la mermelada,
que la vida debería traer música incorporada.
Creo en la gente que vive apasionadamente,
en la fuerza de los sentimientos,

que la ilusión no está reñida con la edad.

Suena la penúltima canción, la luna se ha instalado en mi copa  ….

Creo que estar en el momento y lugar adecuado es la mejor lotería.
Que el Príncipe Azul destiñe, el País de las Maravillas no esta al otro lado del espejo y la Bella Durmiente despertó de aburrimiento.
Creo que las personas debemos aprender a reconocer las equivocaciones,

que algún día iré a recorrer mundo.

Creo que somos lo que creemos

 

Foto: Sara Castaño

Foto: Sara Castaño

Creer no es cuestión de fe

Creo en Paul Auster,
en la elegancia de la camisa blanca,
que dos gin tonic son pocos y tres, muchos
que a la tarta de queso le sobra la mermelada,
que la vida debería traer música incorporada.
Creo en la gente apasionada,
en la fuerza de los sentimientos,
que la ilusión no está reñida con la edad.

Suena la penúltima canción, la luna se ha instalado en mi copa  ….

Creo que estar en el momento y lugar adecuado es la mejor lotería.
Creo que el Príncipe Azul destiñe, que el País de las Maravillas no esta al otro lado del espejo y la Bella Durmiente despertó de aburrimiento.
Creo que las personas debemos aprender a reconocer las equivocaciones,
que algún día iré a recorrer mundo.
Creo que somos lo que creemos,