Enredada en el mundo

Parecía dispuesta a especializarse en guerras absurdas que sin conducir a ninguna parte se tomaba como si fueran importantes. La última le sorprendió en una tienda de suplementos alimenticios por la que de vez en cuando se dejaba caer. Nunca había coincidido con ninguna mujer, pura coincidencia sin duda, y aunque era consciente de ser objeto de una cierta benevolencia, el trato era profesional y cordial. Hasta ahí todo dentro de la normalidad y sin embargo a la hora de hablar del ejercicio había notado una reiterada insistencia en encasillarla en la práctica del paseo.

La primera vez había sido a raíz de preguntar por un quemador de grasas cuando le hablaron de su conveniencia aunque debía aumentar el ritmo al caminar. No le gustó mucho la suposición pero asumió el hecho con cierta naturalidad. “No camino, corro….. Despacio y aunque no tenga el perfil de corredor lo hago de forma constante desde hace más de veinte años”. La cara de sorpresa del profesional detrás del mostrador fue secundada por la furtiva mirada de dos culturistas, tremendos, parapetados hasta ese momento en sendas publicaciones del mundillo.

La situación se zanjó con una rectificación sobre la marcha con la mejor de las sonrisas. Tiempo después, en diferente contexto, se repitió el comentario aunque en esta ocasión se limitó a puntualizar de pasada para marcharse sin dar ni siquiera media vuelta al tema.

Lo había dejado pasar la primera vez sin mayor trascendencia, incluso la segunda, pero cuando hoy le recomendaron comer algo antes de salir a caminar y procurar subir el ritmo sin llegar a rodar, fue demasiado. En nada ayudó percatarse de la condescendiente sonrisa de un voluminoso cliente, silencioso testigo del momento,

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

“No tiene mayor importancia pero verás corro. Tres veces por semana, normalmente tres cuartos de hora y aunque agradezco tu persistencia a la hora de resaltar los parabienes de caminar, será una opción cuando llegue el momento, hoy por hoy estoy encantada con mi actual actividad deportiva. Probablemente, sea la persona que más veces ha llegado la última a meta cuando he participado en alguna carrera. Casi seguro. Probablemente iría más rápido caminando, también, pero corro y me gustaría que lo contemplaras como una opción más allá de la apariencia o edad”.

Tras el pequeño discurso, en tono tranquilo y dirigiéndose a ambos  musculosos jóvenes, salió dignamente del local pensando en calzarse las zapatillas nada más llegar a casa y salir a ¡¡¡Correr!!!

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El cuerpo y ella

Llevan una vida juntos, algunos días no se reconocen, otros no se aceptan. Siempre queriendo cambiar, deseando lo inalcanzable, anhelando lo imposible. Al principio fue cuestión de la edad, sin saber cómo se encontró atrapada en un cuerpo de mujer con ritmos ajenos y deseos propios.

Luego vinieron años donde todo parecía empezar y terminar en la proporción de las medidas, en cánones externos donde no encajaba. Difícil asumir el individualismo cuando formar parte de la generalidad otorga un codiciado grado de normalidad, garantía del cómodo anonimato.

La lucha por hacerse visible a los demás más allá de unas formas resultó demasiado dura y prefirió dejarse llevar mientras construía un mundo a medida donde esconderse.

Durante los embarazos intentó encontrar la belleza estética de la gestación, asombrada de no reconocerse, horrorizada ante las dimensiones de aquel cuerpo extraño. Esgrimió la protección de su estado frente a cualquier recriminación, asumió agradecida la benevolencia implícita en el hecho de tener un responsable con nombre y apellidos.

Nacieron los niños, las hormonas se descontrolaron, los excesos se mantuvieron anclados en sus carnes y lloró, lloró por todo, por ella de forma especial.

Entonces decidió continuar procurando no pensar, enredada en los cambios de la vida, inmersa en el día a día hasta que todo pareció encajar y al encontrarse de nuevo no se reconoció. De poco sirvieron las dietas draconianas, los largos paseos y un buen día comenzó a correr.

El medio se convirtió en fin. Corrió para doblegar el cuerpo rebelde frente al esfuerzo y el dolor, para dominar la mente reacia a continuar y ser más fuerte que ella misma. Aprendió a marcar sus propios ritmos, a superar lo aparentemente insuperable, a esforzarse por llegar a ninguna parte, a mirar en la distancia, a pensar sin mediar solución.

No resultó el final del desencuentro tan solo una larga tregua con altibajos, una forma de convivencia tolerante la mayor parte del tiempo. Así fue hasta la irrupción de una nueva realidad pareja a descubrir el rastro de la vida en un cuerpo desconocido inmerso, una vez más, en profundos cambios que hablaban de etapas finalizadas y nuevos mañanas.

La carrera de cada día

Desde hace meses cada mañana hago un circuito con una inmensa cuesta, llano y bajada. Por segunda vez en mi vida correr me ha salvado, permitiéndome ver las cosas con razonable distancia, analizar las situaciones de forma menos pasional haciéndome sentir realmente bien física y mentalmente.

Un día decidí incorporar una segunda cuesta al terminar el recorrido habitual. Al principio solo hacía parte, pero últimamente la culmino si bien a duras penas. Es en esa pendiente donde cada día me encuentro, donde siento que soy yo sin aditamento alguno. Cuando la encaro, cansada por el trabajo físico realizado hasta ese momento, siento la ausencia de fuerzas para afrontar el tramo restante, tan empinado, tan largo. Cargada de dudas continuo zancada tras zancada, lentamente, sintiendo como en ocasiones prácticamente no avanzo pero empujando, sin pausa, con determinación, mi cuerpo para continuar sabiendo, en lo más profundo de mi, que encontraré la energía necesaria para llegar al final.

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