Sin tiempo que perder

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

Planes aparcados, ideas pospuestas, visitas previstas, encuentros aplazados, comidas sin día, copas a la espera de lunas propicias. La lista creció durante años hasta aquel amanecer cuando, poco antes de salir el sol, la certeza se abrió camino entre los sueños.

El tiempo de esperar, posponer o dejar para más adelante, llegaba a su fin. No había nada traumático en la afirmación, apenas un sobresalto, un leve suspiro melancólico y el férreo convencimiento de vivir el momento.

Siempre le gustaron las certezas incluso cuando ignoraba qué camino tomar para su consecución. Al final aparecen, incluso en ocasiones, son ellos lo que te encuentran. Tal vez no sea fácil, probablemente; requiera determinación, por qué no; suponga riesgos, bendita inquietud; precise pasión, embriagadora sensación; exija un precio, uno más; te empuje al abismo, mortal zona de confort.

El fracaso nunca dependió exclusivamente del objetivo porque no siempre es este el fin. A veces solo supone un comienzo, un nuevo rumbo a seguir.

Esa mañana exigía empezar a andar sin posibilidad de un más tarde, otro día o un tal vez. El futuro ocaso marcaría un tiempo sin retorno donde descubrir una bienvenida implícita en la sonrisa, nuevos mundos escondidos en una mirada, caricias en busca de huella, besos a la espera de unos labios, la piel atrapada en el deseo, la ilusión instalada en el corazón.

Qué fácil resulta la comunicación sin palabras confiando en la comprensión ajena. Debe saber …… Sabrá. Cuánto se complica todo a la hora de saber qué decir, cómo explicar, cuándo callar.

Desarmando la Navidad

Me declaro oficialmente agotada y lo digo abiertamente sin asomo de reparo ante irónicos comentarios sobre el peso de la edad, el paso del tiempo o similares.
Realmente es cuestión de años pero no en el sentido pretendido sino en relación con saber lo que uno quiere y valora. No me gustan las celebraciones impuestas, no comparto la obligación institucionalizada de ser feliz en fechas predeterminadas. Estoy cansada de ponerme ciega a comer y beber porque la abundancia gastronómica estos días es sinónimo de bonanza mal entendida, de medir el amor al prójimo por el tamaño y número de regalos. Además, reconozco mi falta de condescendencia a la hora de abrir los míos. No quiero cosas prácticas, ni tonterías, ni nada que los demás consideren debería tener o poner, ignorando el gusto y necesidades reales del sujeto receptor, en este caso yo.
Me gusta compartir el tiempo con gente importante en mi vida durante todo el año sin tener que participar en el maratón de cenas y comidas navideñas, baremo al uso de popularidad y éxito social. Quizás la diferencia radica en que precisamente en estas fechas las ausencias son más sentidas aún si cabe.
Deseo de corazón todo lo mejor para la mayor parte de mi entorno pero igualmente pido justicia en este mundo, porque lo de purgar en el otro me provoca un inmenso recelo. Agradezco los buenos deseos que me incluyen aunque el día ocho de enero la realidad siga siendo la misma.

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