Noches de cine

La noche requería ingenio y determinación al más puro estilo de la  Hepburn. Tras arduos preparativos que incluían mantener a Perkins lejos de la ducha, Robert  me lavó la cabeza como solo el sabe hacerlo y Stanley Tucci puso a mi disposición sus impagables conocimientos en temas de estilo mientras Clint esperaba impaciente.

Finalmente, enfundada en el increíble regalo de Givenchi, nos reunimos con algunos viejos amigos: Hitchcock, Wilder y John en al Rick´s café. Nadie toca el piano como el entrañable Sam.

La animada conversación giró en torno a mil y un recuerdos sobre irrepetibles viajes a la Toscana, vacaciones en Roma, o aquella memorable fiesta cuando terminé desayunando frente a Tiffany.

Alfred habló del gran Truffaut, del laberíntico e irónico mundo de las pasiones, las apariencias engañosas, los grandes sentimientos humanos y de identidades de hombre en crisis. Mientras Wilder recordaba a adorables mujeres con faldas y a lo loco, a las memorables Sabrina y Fedora, además de trepidantes historias de aquel mítico apartamento o del inolvidable crepúsculo de los dioses. John por su parte, siempre fiel a su clasicismo heroico, revivía agitados viajes en diligencia, Fort Apache, Río Grande, o la elegante Africa de Mogambo.

En un momento indeterminado de la intensa noche, con la luna instalada en las copas, sonó la melodía de “Por una cabeza” y no pude contener pies e ímpetu ante la destreza de Al. ¡¡¡Pura pasión!!!

En un intento por aligerar el ambiente, John quiso acompañarme con Jack Rabbit Slimms. Nadie podía prever el sorprendente y enigmático resultado. La tensión flotaba en el ambiente.

La noche fue larga, intensa la conversación y abundantes los gin tonic. Y al amanecer, tras intentar atravesar una piscina con una vela encendida, el final emulando a Anita Ekberg no resultó exagerado, ni tampoco el juramento sobre una próxima reunión de grandes amigos.

Tengo que llamar a Meryl para contárselo.

Pongamos que hablamos de recuerdos (I)

También a los desmemoriados algunas noches el ayer les reclama atención y los recuerdos pugnan por hacerse visibles aunque de forma escueta, dando saltos en el tiempo, con protagonistas aparentemente insignificantes.

Son momentos de mirar atrás y volver a la infancia para recorrer las entrañas de una escuela donde un grupo de soñadoras se arrastraban, entre polvo y otros elementos sin identificar, por los sótanos del edificio, lugar de reuniones secretas y escuchas clandestinas a través de la madera del suelo. El legado de  Enid Blyton vivía tiempos de gloria y aquellas incursiones eran lo más parecido a sus apasionantes aventuras a nuestro alcance.

Enfrente, en unos jardinillos con caminos empedrados por cantos de una uniformidad casi perfecta, lugar de reunión al terminar las clases de madres locuaces e inquietos infantes, experimentamos en primera persona la fragilidad del cuerpo humano.

En el cine Marta y María descubrí la magia del cine en pantalla grande y a mi hermana arrastrándose bajo varias filas de butacas en busca de un duro perdido. Cuando los indios parecían estar a punto de alzarse con la victoria, surgió en la oscuridad exhibiendo la moneda de forma elocuente mientras me hacía el firme propósito de no volver a salir con ella. Finalmente se impondrían los vaqueros y mi madre.

El placer de descubrir los libros, objetos de deseo desde temprana edad, despertó y creció en la librería Anzo. Aquel santuario impregnado de un penetrante olor a papel impreso, aún hoy recordado, era el paraíso donde Paco, siempre sonriente con un cigarro en la mano, derrochaba amabilidad y conocimientos entre los recién iniciados amantes de la lectura.

El impersonal mundo de las golosinas por aquél entonces tenía nombres propios. Luisa, la de los periódicos, quien solícita cambió un antiguo billete de peseta por un chicle en un caprichoso bajón de azúcar de represoras consecuencias al trascender en casa. Los mejores cromos de la palma los vendía Armelinda, los más cotizados tenían aspecto antiguo o purpurina. Aida se dio a conocer por tener el mejor regaliz rojo y Siro los caramelos de eucalipto más fuertes.

El concepto moda creció con nosotras. Desde temprana edad descubrimos la existencia de creadores de tendencias y la elegante Menchu de Chiquitín fue la gurú del momento. En la infantil tienda perfumada por las idas y venidas de esta impecable mujer de gran personalidad y vertiginosos tacones, una puerta disimulada tras un gran espejo daba paso al reino de Fina, maga de la aguja y la tijera en un mundo de cintas métricas, piezas de tela e hilos de colores, siempre hábil a la hora de dar respuesta a los requerimientos de su hermana. De aquellos primorosos y customizados trajes pasamos al Loden y los castellanos. El uniforme llegaba a la calle.

Los camisones más bonitos los cosía Ana, dulce y alegre a partes iguales. Sentada en una galería mirando a un pequeño jardín, siempre rodeada de mujeres variopintas, tertulianas a golpe de puntada. Ir a probar implicaba adentrarse en un mundo femenino a medio camino entre el aburrimiento y el deseo de hacer algo por si solas fuera de casa.

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Las Escuelas y los Jardinillos

 

 

Entre gustos y pasiones

Prefiero …..

Escribir un post a los trabajos caseros
Un libro a las conversaciones de parque
Comprar sola a las quedadas para ir de tiendas
Una gran velada a una buena cara
La elegancia de la camisa blanca y el vestido negro
El espontaneo ahora al planificado mañana
La silla del cine al sofá de casa.
El imprevisible directo al esmerado enlatado

Descubrí …

El encanto de las noches de chicas
La sabiduría de sobrevivir
La naturalidad de la elegancia
El poder de la risa y el desahogo del llanto
La sorpresa de lo desconocido, lo irreverente de lo improbable
El mundo del Martini desde la perspectiva de la aceituna
Que la necesidad de afecto es proporcional a la capacidad de darlo

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