Contigo o sin ti

A vueltas con el tema de ser mujer y tener cierta edad ………

No pediré permiso para ser como soy.

No me disculparé por las visibles arrugas que surcan el rostro y también el cuerpo, que no oculto pero tampoco mitifico. Por atentar contra la talla 38, desafiar estadísticas, mirarme en los espejos o rendirme a los efectos de la gravedad.

No intentaré justificar decisiones por el mero hecho de no encajar en la generalidad. Defenderé vivir sola como una elección no una condena, ser madre como una posibilidad no una obligación y estar contigo mi decisión.

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

No pediré permiso para perseguir sueños, vivir pasiones o desenredar deseos. No admitiré que me releguen o ignoren  por haber superado cierta edad.

No busco el beneplácito de ellos pero tampoco de ellas. No esperaré a alcanzar la unión donde supuestamente reside la fuerza, empezaré por la circundante realidad.

No confío en la redención colectiva pero si en el trabajo de quienes creyéndose poco se descubren en muchos.

No pediré permiso para ser independiente, levantar mi voz, hacer valer mis capacidades o hacerme escuchar.

No necesito permiso alguno para formar parte de este mundo en el que estoy, contigo o sin ti.

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Con sabor a mar y olor a azufre

Foto: Felix González Muñiz

Foto: Felix González Muñiz

Hubo un tiempo en que las historias interesantes ocurrían en pintorescos y encantadores pueblecitos o en modernas e industriales ciudades pero nunca en lugares como este. Situado a medio camino entre ambos, en algún punto de ninguna parte, existe una tierra de leyendas labradas en piedra y acero, de lustroso pasado e incierto futuro, apenas intuido a través de la niebla del desencanto, respirando langidamente.

Cual Cenicienta posmoderna, atesora hermosos vestigios de un orgulloso ayer valorado a fuerza de cuantiosas pérdidas, incapaz de afrontar el mañana escudado en los alelos de la rutina, muestra una inquebrantable persistencia a la hora de buscar el beneplácito de terceros, demasiado ocupados en sus propias batallas.

Empedradas calles y plazas dan cobijo a un tropel de juglares enzarzados en relatos de hazañas y contiendas sin ningún orden ni concierto. Fruto de la confusión, nacen nuevas versiones que, con el paso del tiempo y las lenguas, nada tienen en común con la realidad original. En pocos escenarios, uno esperaría encontrar tanta singularidad por baldosa.

Aquella villa vive el agónico preámbulo de una muerte anunciada con la indiferencia de quien confía en la salvación por obra y gracia de una providencial intervención. Un nutrido grupo de influyentes vecinos, cegados por la vanidad y la prepotencia gastan los días, incluso las noches, en autoproclamar supuestos méritos, alabando turbios manejos, patrocinando fracasos disfrazados de escusas e incompetencias siempre disculpadas tras fallos ajenos.

A pesar de la crítica situación, los plácidos habitantes, antaño aguerridos luchadores, demuestran reiteradamente una manifiesta incapacidad a la hora de aunar esfuerzos para caminar en una misma dirección, superarando el yo con nombre y apellidos en beneficio del anónimo nosotros.

Perdidos, divagan buscando una fórmula mágica que abale una supuesta valía con denominación de origen, incapaces de mirar a su alrededor para aprovechar los éxitos y fracasos de quienes llegaron antes.

Este lugar muere lentamente ebrio de vanidad mientras a su alrededor proliferan los cadáveres de un estimulante ayer y un  agonizante mañana.

Algunas noches, la luna viene a iluminar los caminos transitados en otras épocas, ni mejores ni peores solo distintas. Bajo su protectora luz, navegan silenciosas embarcaciones cargadas de proyectos, dirigidas por descendientes de una osada estirpe capaz de ver entre la niebla, rumbo a otras tierras donde desarrollar sus sueños o enmendar posibles fracasos. Ansiosos de futuro, ávidos de optimismo, son conscientes del precio del viaje y están dispuestos a soltar el lastre necesario para alcanzar el destino.

Foto: Felix González Muñiz

Foto: Felix González Muñiz

El valor de la memoria

La noticia del supuesto Alzheimer de Jack Nicholson ha saltado a la actualidad encendiendo los focos sobre la evidente crudeza de una enfermedad cada vez más frecuente y siempre despiadada.images (1)

Dicen algunos, auto proclamados enterados de los entresijos del laureado actor, que a sus 77 años el que fuera uno de los grandes, vividores y estrellas de la pantalla, poseedor de una memoria privilegiada y exigente profesional a pesar de los excesos del mundanal ruido circundante, deambula por sus míticas mansiones de Mulholland Drive incapaz de memorizar los guiones.

En este mundo nuestro, arrastramos lacras que nos hacen estremecer cuando por activa o pasiva nos vemos obligados a enfrentamos a ellas pero tal vez ninguna asusta tanto como la pérdida de memoria: La individual y la colectiva.

Llegados a este punto saco mi piedra, vieja amiga y compañera en el brindis por el Nuevo Año, para compartir este momento.

Las pérdidas de memoria naturales se convierten en aterradoras a partir de determinada edad, cada vez más temprana ciertamente, por su proliferación y  menoscabo de la identidad y vida que acarrea. Su amenaza, en el ocaso del camino, implica la privación de nuestro mayor logro, la capacidad de raciocinio.

La posibilidad de enfrentarse a esa situación, de momento, escapa a cualquier control, la amenaza esta permanentemente rondándonos. Pero sin llegar a esa terrible realidad, en demasiadas ocasiones nos sometemos de forma voluntaria, por acción u omisión, a su extirpación. Es una intervención relativamente rápida, indolora y efectiva. Una cómoda, cuestionable adjetivo, manera de evitar el reconocimiento que tanto cuesta, el compromiso que tanto exige, la renuncia que tanto duele.

La vida, de por si, obliga a afrontar situaciones que requieren pararse a pensar. Una capacidad asumida como equipamiento de serie que, a fuerza de no utilizar, se deteriora e incluso bloquea.

Hay quien defiende con total convencimiento la gratuidad de pensar, no es mi caso. Sin duda tiene un coste y no bajo, no solo por el hecho en si, que también, además conlleva respuestas y estas, por lo general, repercusiones anexas.

Pensar significa detenerse a analizar, razonar y de forma implícita obliga a actuar en circunstancias concretas. El asunto se complica por momentos.

A veces, algunas veces, olvidamos cómo caminar y tal vez en esas ocasiones es conveniente pararse a mirar alrededor y escuchar, porque como dicen los versos de Machado: “caminante no hay camino, se hace al andar”.

Claro oscuro

Mañana, quién recordará el ayer sin futuro, los nombres de los que se fueron y el hoy de los que ya no estarán.

En la oscuridad de la noche, las almas salen en busca de alimento mientras los cuerpos anhelan conocerse. A la luz de la luna, los solitarios esgrimen razones para afianzar su soledad mientras los soñadores ansían encuentros en un vago intento por olvidar que mañana el sol también saldrá.

Como en un teatro de diferentes escenarios, las secuencias se desarrollan al unísono mientras la música vibra en el aire. Los latidos, acompasados con los ritmos del corazón y la percusión del ambiente, crean historias sin aparente principio ni final. Los personajes, partícipes de fútiles momentos de reluciente engaño, encadenan sus vidas en una absurda consecución de idas y venidas sin nexo o unión.

Con la cadencia de una repetición, las copas se suceden al igual que conversaciones y encuentros. Nada importa más allá de la realidad de cada uno en un egocéntrico ejercicio fruto de la necesidad de sentirse protagonista aunque tan solo sea de la propia vida. Vano intento de alcanzar una cierta notoriedad que haga olvidar la absurda insignificancia de la caduca y efímera existencia.

Foto: Sara Castaño - Pemberley

Foto: Sara Castaño – Pemberley

La luna sale tras las nubes para desvelar a los iluminados. Almas supervivientes de penumbras, vividores de mañanas, soñadores con pasado, seres anónimos de brillante interior sin afán de exhibición. Apenas una mirada les descubre, una sonrisa les delata ocultos entre las sombras del camino.

Destino de sueños

En aquellos viajes, la imaginación volaba en primera clase, rumbo a uno de los destinos más deseados por aquel entonces, el Futuro. Lugar de veraneo durante todo el año, paraíso soñado especialmente cuando el crudo invierno se cebaba en la realidad donde residía.

Allí era feliz. No era barato, ciertamente, pero hay precios asumibles a sabiendas de su valía. La inversión requerida compensaba tanto en el momento como a largo plazo.

En aquel destino turístico por excelencia, el día a día llegaba sin más, de forma natural, con un grado de satisfacción variable dependiendo de un sin fin de circunstancias, incluido el estado de ánimo que de todo hay incluso en el paraíso de los sueños. La vida fluía como consecuencia lógica del camino andado y la satisfacción al terminar las jornadas solo era comparable con la certeza de que el sol volvería a salir.

Regresar a casa tras las vacaciones, cortas o largas, resultaba especialmente duro y desalentador por la lucha diaria implícita. Enfrentarse a la incógnita de no saber que depararía el mañana, a la permanente duda de hacia dónde dirigirse, junto a quién continuar con ciertas garantías, hasta dónde llegar sin un excesivo coste o por lo menos sin hipotecar la vida. Allá en el presente, las dudas eran permanentes, numerosas, agotadoras.

Casi sin darse cuenta. No, eso no era cierto en absoluto. En realidad, era perfectamente consciente del trayecto recorrido, las fuerzas invertidas y las ilusiones abandonadas en el camino. Pero si fue de repente que las decisiones comenzaron a pesar mientras los interrogantes acechaban tras cada esquina y la incertidumbre se instalaba dispuesta a quedarse.

En el transcurso de una escapada, en principio en nada diferente a tantas otras realizadas con anterioridad, descubrió sin previo aviso que la seguridad no iba incluida en el billete, que la clase turista es la más popular por ser la menos exigente, de la necesidad de desabrocharse el cinturón para poder levantarse del asiento, que la salida de emergencia solo es para emergencias y mejor no verse obligado a utilizarla. Que los puntos por fidelidad ya no tienen valor alguno, que el seguro de viaje es un fraude y las tasas un atraco. Pero lo peor llegaría cuando al intentar confirmar el regreso le explicaron apresuradamente, sin entrar en detalles, que la compañía había quebrado y la vuelta era cosa suya.

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

 

 

 

Nombres del ayer

Será este crudo invierno que ha tintado de gris la realidad circundante o tal vez las despedidas sin previo aviso, consecuencia del veloz paso del tiempo o mejor dicho, de la brevedad de nuestro tiempo. Quizás sea todo y muchos pocos más.

Mientras la lluvia cae persistente e indiferente, la mente vuelve al ayer para rescatar algunos nombres, supervivientes al olvido, como pequeñas estaciones a lo largo del camino.IMG-20150206-WA0005

Apenas llegábamos de puntillas al mostrador cuando íbamos a verla. Charito, femenina en sus redondas formas, de una blancura inmaculada y permanente sonrisa pintada de Dior, avisaba de nuestra llegada.

En una ventanilla cercana, entre paquetes y sellos, trabajaba Atilano. Alto, serio, guardaba con cuidado cuantos ejemplares de estampillas raros caían en sus manos. Años después, llegaría Rosa, su sonrisa iluminaba aquella enorme oficina donde los hombres predominaban y las mujeres brillaban.

Por alguna extraña razón rutinas cercanas forman parte de recuerdos en primera persona: el pan en Meyos, los pasteles y el huevo hilado de Polledo, la carne de Delfina, los periódicos en Luisa, las tardes cosiendo en casa de Ana.

Las baldosas mojadas del casco antiguo hablan de Eloy, viejecito del que tan solo alcanzo entrever una amable sonrisa. De Moncho y Esther. Elegante y alta por igual, sus larguísimas piernas con leggins y francesitas aún hoy no pasarían desapercibidas. El bajito, rechoncho, desprendía bondad en cada gesto. No había encuentro sin monedas de chocolate envueltas en dorado papel.

De la escuela sobresalen dos nombres entre tantos, Doña Elena y Don Felipe. A pesar de los años, es imposible nombrarlos obviando semejante tratamiento.La férrea disciplina, la sobriedad y personalidad de una mujer todo carácter a la que le encantaba un traje de chaqueta rojo heredado de mi prima Rosa, que nada tenía que ver conmigo ni con mi edad.

La modernidad llegó de la mano de Felipe Prieto y su mujer Maribel. Jóvenes, alegres, ella tocaba la guitarra, el trabajaba el cuero y fumaba en pipa, hasta el perro encajaba en la estampa.

De las incursiones en el mundo paterno, Josefa y su hija Mari del Reguero, siempre pendientes de la comida riendo las bromas ajenas. Y María, envuelta en un blanco delantal, a quien veía pelar patatas por la ventana de la cocina de la Tataguya.

El reducto femenino por excelencia se concentraba en Galé, al calor de la cafetera siempre resoplando y las bandejas de rosquillas azucaradas recién sacadas del horno. Voces imparables y ruido de sillas llenaban las mañanas por semana.

Carmina rodeada de hilos de colores, gomas de distintos grosores e infinitas hileras de botones cosidos a trozos de cartón. Entre el humo de cigarrillos visitábamos a Paco en la librería, paraíso habitado por los libros de películas de Walt Disney, la prole de Enid Blyton, Louisa May Alcott , Emilio Salgari, y tantos otros.

Hoy los recuerdos huelen a papel y tinta, penetrante perfume de fantásticos sueños. Soporte de increíbles historias.securedownload

 

 

Desde el otro lado del charco

Yo no tuve un tío en América pero si un primo que llenó las navidades de ilusiones made in USA y los veranos de sabor puertorriqueño. Celebrábamos sus visitas con la alegría de los que admiran, quieren y envidian a partes iguales. Nos sentíamos especiales bajo su sombra,  afortunados partícipes de la irónica sabiduría de quien se ríe de uno mismo como punto de partida para mofarse del mundo.

Fue padrino de varias generaciones, nunca entendí por qué debía compartirlo con todos si cada uno tenía el suyo. Relevo de la figura paterna, fiel admirador cuando no seguidor de descabelladas andanzas, heredero de un sentido del humor fuera del entendimiento común, amigo fiel más allá de la distancia.

Protagonista de divertidas noches navideñas con Papa Noel como invitado principal, villancicos cantados a pie del portal y risas flotando en el ambiente. Intérprete de habaneras a golpe de guitarra,  números musicales al son de las maracas y rítmicas escenificaciones con una silla como escenario.

Viejo profesor antes de serlo, hacedor de mágicos regalos: libros cargados de historias de aventuras y caballeros andantes, una gran maleta de piel blanca compañera de mis primeros pasos por el mundo o un mes en Inglaterra cuando la adolescencia aún turbaba la mente.

Cicerone en el Madrid de los descubrimientos, conversador experimentado, humorista aventajado. Firmaba los manteles con quemaduras de cigarrillo, bañaba los días con vino y sus noches en whisky. De frágil figura y alargado recuerdo, a través de su sonrisa los sueños eran accesibles y el cariño sin artificios un derecho al uso.

Digno sucesor del maestro, hijo de una luchadora, hermano pequeño de un amor sin fronteras. Hasta el último encuentro, a pesar de los años y las cicatrices, me hizo sentir hasta las lágrimas. Su ausencia resultó dolorosa, su marcha un hasta siempre en el recuerdo.

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A duo

Un obstáculo, un paso

Una incógnita, un deseo

Una intuición, una esperanza

Una sugerencia, una invitación

La posibilidad de un tal vez o un quizás

Frente a frente ante el temor, la imposición

Latente la voluntad de seguir, de continuar,

El anhelo de alcanzar, de lograr

Una tras otra invitan, detienen, transigen

Imprevisibles, evocadoras,  su  sola presencia inquieta

Promesas implícitas, imaginativos telones de sueños

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Cromosoma Y

Noviembre llegó descafeinado, con el mercurio por encima de 10 y la lluvia presente, unas veces con desgana,  otras con intensidad.
En los viejos tiempos no tenía importancia la meteorología, desbordaba ánimo para ponerse cualquier cosa encima después de llegar del trabajo y salir a fumar la noche. Ahora el listón estaba más alto, el implemento era más pesado, las vallas más elevadas y el trazado de la distancia recorría la senda de la pereza.
Había quedado con su amiga, juntas desde el colegio, las dos con el cuño diestro en la piel y el alma empapada en licor zurdo. Se decidió por los jeans rotos, una camiseta de Zara, la chaqueta folk de Ralph Lauren y unos zapatos de tacón, de los de verdad, de esos que dejan sin aliento a los fetichistas. Era suficiente, sabía que nunca pasaba desapercibida allá donde fuera, le bastaba su talento y feminidad, sin necesidad de recurrir a reclamo alguno.
Al entrar al bar donde solía quedar sonaba Tena, “tengo la moto estropeada y un perro que no ladra, tengo un disfraz pero no es carnaval …”. Últimamente se veían a menudo.

¡Hola chicas!,

¿Lo de siempre?…

y el manido…. ¿Qué tal?

Era Igor, un desconocido en realidad.

No habían dado cuenta del primer gin-tonic cuando llegaron dos tipos que le saludaron efusivamente. Hasta entonces nunca habían coincidido. No tenían ganas de intrusismos de ningún tipo e ignoraron manifiestamente sus vanos intentos por entablar conversación. A partir de ese momento ambas pasaron a la profundidad del olvido.

Primero vino la invitación exclusiva a los forasteros, situados a su vera, a catar un novedoso whisky. Después, recién llegadas del exterior con el nivel de nicotina repuesto, vieron como Igor les entregaba el visado para transgredir la normativa dentro del bar, preguntándoles antes de elegir la música. “A mí me parece muy bueno pero mejor si nos gusta a los tres”.

Ellas, simplemente, no existían.

De vuelta a casa pensaba, con cierta tristeza, lo lamentable de algunas mutaciones en el cromosoma Y. A la luz de la luna sonaba, “camino con los cordones desabrochados, tropiezo algún bar abierto al doblar la esquina …” mientras un tipo regaba la calle a su paso.

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La casa de la Libertad (III)

La casa recibía visitas e invitados complacida, sabedora de su protagonismo, cómplice de nuestra hospitalidad, partícipe de nuestras vidas. En la peculiar puerta interior, un frío y contundente picaporte de bronce. En la exterior, la ausencia de timbres e interfonos, convenció a los visitantes de la efectividad de silbar, manteniéndonos siempre pendientes de la improvisada llamada de quienes hasta allí se acercaban.

Durante las veladas oficialmente mágicas, Noche Buena, Reyes o en fiestas sorpresa, los ruidos parecían multiplicarse alimentando la imaginación de los pequeños, acallando los comentarios de otros niños sobre la existencia o no de los fantásticos personajes protagonistas. Quién podría resistirse a semejantes evidencias, el crepitar de la chimenea, supuestos pasos sigilosos percibidos a través de la madera.

Crecimos con los niños, cumplimos años e ilusiones, alimentamos sueños, creamos magia. Aprendimos a ver a través de sus ojos, a defenderles de enemigos exteriores como la incredulidad, la desidia, el materialismo y tantas cosas. Vivir entre aquellas paredes también exigía un alto precio, admitir lo peculiar, superar lo imprevisto, desarrollar la fuerza necesaria para seguir adelante aún sabiendo que el mañana traería nuevos percances, saber escuchar pero también crear.

La conversación fluía libremente en aquel ambiente, todos lo sentían y buscaban su cobijo, acudían a su encuentro. Nunca sabías cuánta gente aparecería a cenar, única comida en la que coincidiámos todos y más.

Llegaban con algo o sin nada, corrían tiempos duros para casi todos. Preparábamos sobre la marcha en función del número de comensales y existencias. Todos participábamos de aquellos momentos, aportábamos nuestro grano de arena y nos sentábamos a la mesa entre risas, dispuestos a brindar hasta el amanecer.

Cuando los niños, siempre reticentes a obedecer, se iban a la cama, las risas se apagaban y llegaba la hora de las confidencias. Caldeábamos nuestras almas mientras apurábamos una copa o más. Entre los crujidos de la madera, los estampidos de la chimenea, en presencia de los extraños objetos que llenaban nuestro pequeño mundo, nadie se resistía a desnudar el alma. Los sueños de los pequeños convivían con los nuestros.

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