El valor de la memoria

La noticia del supuesto Alzheimer de Jack Nicholson ha saltado a la actualidad encendiendo los focos sobre la evidente crudeza de una enfermedad cada vez más frecuente y siempre despiadada.images (1)

Dicen algunos, auto proclamados enterados de los entresijos del laureado actor, que a sus 77 años el que fuera uno de los grandes, vividores y estrellas de la pantalla, poseedor de una memoria privilegiada y exigente profesional a pesar de los excesos del mundanal ruido circundante, deambula por sus míticas mansiones de Mulholland Drive incapaz de memorizar los guiones.

En este mundo nuestro, arrastramos lacras que nos hacen estremecer cuando por activa o pasiva nos vemos obligados a enfrentamos a ellas pero tal vez ninguna asusta tanto como la pérdida de memoria: La individual y la colectiva.

Llegados a este punto saco mi piedra, vieja amiga y compañera en el brindis por el Nuevo Año, para compartir este momento.

Las pérdidas de memoria naturales se convierten en aterradoras a partir de determinada edad, cada vez más temprana ciertamente, por su proliferación y  menoscabo de la identidad y vida que acarrea. Su amenaza, en el ocaso del camino, implica la privación de nuestro mayor logro, la capacidad de raciocinio.

La posibilidad de enfrentarse a esa situación, de momento, escapa a cualquier control, la amenaza esta permanentemente rondándonos. Pero sin llegar a esa terrible realidad, en demasiadas ocasiones nos sometemos de forma voluntaria, por acción u omisión, a su extirpación. Es una intervención relativamente rápida, indolora y efectiva. Una cómoda, cuestionable adjetivo, manera de evitar el reconocimiento que tanto cuesta, el compromiso que tanto exige, la renuncia que tanto duele.

La vida, de por si, obliga a afrontar situaciones que requieren pararse a pensar. Una capacidad asumida como equipamiento de serie que, a fuerza de no utilizar, se deteriora e incluso bloquea.

Hay quien defiende con total convencimiento la gratuidad de pensar, no es mi caso. Sin duda tiene un coste y no bajo, no solo por el hecho en si, que también, además conlleva respuestas y estas, por lo general, repercusiones anexas.

Pensar significa detenerse a analizar, razonar y de forma implícita obliga a actuar en circunstancias concretas. El asunto se complica por momentos.

A veces, algunas veces, olvidamos cómo caminar y tal vez en esas ocasiones es conveniente pararse a mirar alrededor y escuchar, porque como dicen los versos de Machado: “caminante no hay camino, se hace al andar”.

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