Destino de sueños

En aquellos viajes, la imaginación volaba en primera clase, rumbo a uno de los destinos más deseados por aquel entonces, el Futuro. Lugar de veraneo durante todo el año, paraíso soñado especialmente cuando el crudo invierno se cebaba en la realidad donde residía.

Allí era feliz. No era barato, ciertamente, pero hay precios asumibles a sabiendas de su valía. La inversión requerida compensaba tanto en el momento como a largo plazo.

En aquel destino turístico por excelencia, el día a día llegaba sin más, de forma natural, con un grado de satisfacción variable dependiendo de un sin fin de circunstancias, incluido el estado de ánimo que de todo hay incluso en el paraíso de los sueños. La vida fluía como consecuencia lógica del camino andado y la satisfacción al terminar las jornadas solo era comparable con la certeza de que el sol volvería a salir.

Regresar a casa tras las vacaciones, cortas o largas, resultaba especialmente duro y desalentador por la lucha diaria implícita. Enfrentarse a la incógnita de no saber que depararía el mañana, a la permanente duda de hacia dónde dirigirse, junto a quién continuar con ciertas garantías, hasta dónde llegar sin un excesivo coste o por lo menos sin hipotecar la vida. Allá en el presente, las dudas eran permanentes, numerosas, agotadoras.

Casi sin darse cuenta. No, eso no era cierto en absoluto. En realidad, era perfectamente consciente del trayecto recorrido, las fuerzas invertidas y las ilusiones abandonadas en el camino. Pero si fue de repente que las decisiones comenzaron a pesar mientras los interrogantes acechaban tras cada esquina y la incertidumbre se instalaba dispuesta a quedarse.

En el transcurso de una escapada, en principio en nada diferente a tantas otras realizadas con anterioridad, descubrió sin previo aviso que la seguridad no iba incluida en el billete, que la clase turista es la más popular por ser la menos exigente, de la necesidad de desabrocharse el cinturón para poder levantarse del asiento, que la salida de emergencia solo es para emergencias y mejor no verse obligado a utilizarla. Que los puntos por fidelidad ya no tienen valor alguno, que el seguro de viaje es un fraude y las tasas un atraco. Pero lo peor llegaría cuando al intentar confirmar el regreso le explicaron apresuradamente, sin entrar en detalles, que la compañía había quebrado y la vuelta era cosa suya.

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

 

 

 

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