Carácter o personalidad

Hay historias que enganchan no por su importancia, que no la tienen, sino por su contenido. Al conocer detalles o pormenores de la vida privada de hombres o mujeres que, de algún modo, han tenido o tienen relevancia, vemos satisfecha una inherente curiosidad. Sentimos a los protagonistas más cercanos aunque, sus deseos o manías les sitúen muy lejos del mundanal ruido en el que nos movemos el resto de los mortales, salvo excepciones.

Steve Jobs

Steve Jobs

El fatídico ¿Qué me pongo? Tan habitual en el día a día, parece no ser privativo del mundo femenino. Steve Jobs, según cuenta Walter Isaacson en la biografía del visionario, decidió tener un uniforme tanto por comodidad, se acabaron las dudas, como por marcar un estilo propio. El encargado de dar respuesta a sus requerimientos fue, ni más ni menos, Issey Miyake. No en vano hablamos de uno de los hombres más influyentes del mundo amén de una de las mayores fortunas. El diseñador japonés, a quien conoció cuando intentó, sin ningún éxito, imponer un uniforme en Apple, le hizo cien jerseys negros de cuello vuelto iguales. El mismo Jobs se los enseñó a Issacson doblados en el armario. Nada de perder tiempo en frivolidades.

La uniformidad que horroriza a un amplio sector de la población, se considera un signo de personalidad por algunos elegidos con el don de la excepcionalidad.

Eight&Bob

Eight&Bob

Una noche del verano de 1937 en la Costa Azul, Albert Fouquet, aristócrata parisino conocedor del perfume y creador de fragancias en el castillo familiar,  simpatizó con un joven estudiante norteamericano que recorría Francia en un descapotable: John F. Kennedy. Pocos minutos necesitó el viajero para interesarse por el aroma que Fouquet llevaba. Fruto del agradable encuentro, al día siguiente el perfumista dejó un frasco de la desconocida fragancia en el hotel con una nota: “Aquí encontrarás la dosis de glamour francés que le falta a tu personalidad americana”.

Finalizadas las vacaciones Albert recibió una carta de JFK agradeciéndole el obsequio y comentando el éxito del perfume. Por ello, le rogaba enviara 8 unidades, “y si la producción lo permite, otro para mi hermano Bob”. Fouquet esperó a encontrar un elegante y sencillo envase de cristal en una farmacia y le mandó suficiente cantidad como para amortizar el envío. Desde entonces, la fragancia se comercializa como Eight & Bob.

A los pocos meses, comenzaron a llegar cartas desde USA con pedidos para directores de Hollywood, productores y actores como Cary Grant y James Stewart. El mundo americano se rendía ante el perfume francés.

 

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