La casa de la Libertad (III)

La casa recibía visitas e invitados complacida, sabedora de su protagonismo, cómplice de nuestra hospitalidad, partícipe de nuestras vidas. En la peculiar puerta interior, un frío y contundente picaporte de bronce. En la exterior, la ausencia de timbres e interfonos, convenció a los visitantes de la efectividad de silbar, manteniéndonos siempre pendientes de la improvisada llamada de quienes hasta allí se acercaban.

Durante las veladas oficialmente mágicas, Noche Buena, Reyes o en fiestas sorpresa, los ruidos parecían multiplicarse alimentando la imaginación de los pequeños, acallando los comentarios de otros niños sobre la existencia o no de los fantásticos personajes protagonistas. Quién podría resistirse a semejantes evidencias, el crepitar de la chimenea, supuestos pasos sigilosos percibidos a través de la madera.

Crecimos con los niños, cumplimos años e ilusiones, alimentamos sueños, creamos magia. Aprendimos a ver a través de sus ojos, a defenderles de enemigos exteriores como la incredulidad, la desidia, el materialismo y tantas cosas. Vivir entre aquellas paredes también exigía un alto precio, admitir lo peculiar, superar lo imprevisto, desarrollar la fuerza necesaria para seguir adelante aún sabiendo que el mañana traería nuevos percances, saber escuchar pero también crear.

La conversación fluía libremente en aquel ambiente, todos lo sentían y buscaban su cobijo, acudían a su encuentro. Nunca sabías cuánta gente aparecería a cenar, única comida en la que coincidiámos todos y más.

Llegaban con algo o sin nada, corrían tiempos duros para casi todos. Preparábamos sobre la marcha en función del número de comensales y existencias. Todos participábamos de aquellos momentos, aportábamos nuestro grano de arena y nos sentábamos a la mesa entre risas, dispuestos a brindar hasta el amanecer.

Cuando los niños, siempre reticentes a obedecer, se iban a la cama, las risas se apagaban y llegaba la hora de las confidencias. Caldeábamos nuestras almas mientras apurábamos una copa o más. Entre los crujidos de la madera, los estampidos de la chimenea, en presencia de los extraños objetos que llenaban nuestro pequeño mundo, nadie se resistía a desnudar el alma. Los sueños de los pequeños convivían con los nuestros.

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