Desarmando la Navidad

No cae nieve, ni suenan emotivas canciones navideñas, la chimenea ya no forma parte de la decoración, el abeto no huele a bosque y las velas son de plástico. Las fiestas llegan entre descafeinados preparativos, la falta de ilusión infantil se deja sentir como otras ausencias, tan añoradas como intensas.

Los aires de normalidad tampoco encajan en esta época, a pesar de los esfuerzos por eliminar sentimentalismos televisivos, deseos inyectados con fines lucrativos, exigencias de un paladar anulado por la abundancia, abrazos apresurados por días y noches de desapego, nuevos propósitos con aires de reproche, solidaridad envuelta en papel cebolla, buenos deseos con fecha de caducidad, anhelo de una vida nueva para un nuevo año porque la vieja ya la conocemos y sabemos de sus exigencias y carencias que en ocasiones son las nuestras.

La sobredosis de azúcar dispara la sensación de que todo llega para irse sin más, dejando tras si un gusto a tristeza con grandes dosis de melancolía. En este frenético trasiego que nos hemos montado, uno necesita reservar momentos para si en un intento desesperado por encontrar el espíritu, no el de la navidad sino el de la vida, ese que debería acompañarnos más allá de fechas señaladas y celebraciones programadas.

Será en el silencioso encuentro con uno mismo donde halles la paz necesaria para sentirte partícipe del mundo, capaz de decir tantas cosas que probablemente nunca oirás y hacer todo aquello que convertiría los sueños en realidad.

Es tiempo de desear ¡Feliz Navidad!

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