Pongamos que hablamos de recuerdos (II)

Uno de los centros neurálgicos de la villa era el parque del Carbayedo, donde se celebraba el mercado del ganado y los pequeños se entretenían con juegos ya olvidados. Ajenos, los hombres de la casa disertaban sobre lo divino y humano  en bares con historia como el Reguero o la Tataguya. Hubo quien, a falta de móviles, establecería una segunda oficina en una mesa junto al teléfono público. Algunos de los clientes habituales, hoy son auténticas leyendas de un  mundo inexistente apenas recordado.

Como tampoco lo es aquel paseo en la margen izquierda de una infecta ría lleno de socavones, charcos de aceite e interminables redes remendadas por curtidas mujeres a pie de las embarcaciones. El chapapote se extendía por pedreros y playas, a donde entonces íbamos provistos de bocadillos o fiambrera para aprovechar el día. Ya en casa, Nivea y paciencia eran los mejores remedios para liberar los pies de antiestéticos pegotes fruto de vertidos descontrolados entendidos entonces como precio obligado del progreso.

Contaminación y fétidos olores anunciaban la llegada a la villa más negra y triste imaginada. Una tristeza encerrada tras los cristales en largas tardes de invierno cuando la lluvia llenaba días e incluso semanas porque, aunque de aquella nada sabíamos de cambios climáticos, antes llovía más y durante largos períodos de tiempo.

Desde la ventana de una habitación compartida con la imaginación, no veía el mundo pero contemplaba mágicos atardeceres rojos, alimento de sueños sin límites y expectativas limitadas. Aquella explosión de luz llenaba una adolescencia donde sonaba Mediterráneo de Serrat y escribir aliviaba las angustias propias de la incertidumbre.

El paso al instituto marcaba el inicio de una nueva etapa: la cosmética, el tabaco y los tacones se incorporaban a la vida aunque tal vez no en ese orden. A la par llegaron los bares. Eran tiempos de beber cerveza con granadina en la Araña, cutre y revolucionaria; mistelas sobre una alfombra de cacahuetes en el Maruxia, chigre de siempre que perdió personalidad al convertirse en lugar de moda, o reunirse en  el Dulcinea, punto de encuentro por excelencia. Allí se daban cita, privilegiados protagonistas de accidentados viajes al extranjero, activos partícipes del convulso mundo político que comenzaba a desperezarse al ritmo entusiasta del cambio y aspirantes a encontrar un lugar donde no sentirse ajeno.

Bar La Araña

Bar La Araña

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