Pongamos que hablamos de recuerdos (I)

También a los desmemoriados algunas noches el ayer les reclama atención y los recuerdos pugnan por hacerse visibles aunque de forma escueta, dando saltos en el tiempo, con protagonistas aparentemente insignificantes.

Son momentos de mirar atrás y volver a la infancia para recorrer las entrañas de una escuela donde un grupo de soñadoras se arrastraban, entre polvo y otros elementos sin identificar, por los sótanos del edificio, lugar de reuniones secretas y escuchas clandestinas a través de la madera del suelo. El legado de  Enid Blyton vivía tiempos de gloria y aquellas incursiones eran lo más parecido a sus apasionantes aventuras a nuestro alcance.

Enfrente, en unos jardinillos con caminos empedrados por cantos de una uniformidad casi perfecta, lugar de reunión al terminar las clases de madres locuaces e inquietos infantes, experimentamos en primera persona la fragilidad del cuerpo humano.

En el cine Marta y María descubrí la magia del cine en pantalla grande y a mi hermana arrastrándose bajo varias filas de butacas en busca de un duro perdido. Cuando los indios parecían estar a punto de alzarse con la victoria, surgió en la oscuridad exhibiendo la moneda de forma elocuente mientras me hacía el firme propósito de no volver a salir con ella. Finalmente se impondrían los vaqueros y mi madre.

El placer de descubrir los libros, objetos de deseo desde temprana edad, despertó y creció en la librería Anzo. Aquel santuario impregnado de un penetrante olor a papel impreso, aún hoy recordado, era el paraíso donde Paco, siempre sonriente con un cigarro en la mano, derrochaba amabilidad y conocimientos entre los recién iniciados amantes de la lectura.

El impersonal mundo de las golosinas por aquél entonces tenía nombres propios. Luisa, la de los periódicos, quien solícita cambió un antiguo billete de peseta por un chicle en un caprichoso bajón de azúcar de represoras consecuencias al trascender en casa. Los mejores cromos de la palma los vendía Armelinda, los más cotizados tenían aspecto antiguo o purpurina. Aida se dio a conocer por tener el mejor regaliz rojo y Siro los caramelos de eucalipto más fuertes.

El concepto moda creció con nosotras. Desde temprana edad descubrimos la existencia de creadores de tendencias y la elegante Menchu de Chiquitín fue la gurú del momento. En la infantil tienda perfumada por las idas y venidas de esta impecable mujer de gran personalidad y vertiginosos tacones, una puerta disimulada tras un gran espejo daba paso al reino de Fina, maga de la aguja y la tijera en un mundo de cintas métricas, piezas de tela e hilos de colores, siempre hábil a la hora de dar respuesta a los requerimientos de su hermana. De aquellos primorosos y customizados trajes pasamos al Loden y los castellanos. El uniforme llegaba a la calle.

Los camisones más bonitos los cosía Ana, dulce y alegre a partes iguales. Sentada en una galería mirando a un pequeño jardín, siempre rodeada de mujeres variopintas, tertulianas a golpe de puntada. Ir a probar implicaba adentrarse en un mundo femenino a medio camino entre el aburrimiento y el deseo de hacer algo por si solas fuera de casa.

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Las Escuelas y los Jardinillos

 

 

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