Hora de reciclar

Nada tan sencillo y gratuito como dar consejos sobre lo divino y humano. Esta práctica, antigua como la humanidad, provoca indiferencia cuando no un rechazo casi patológico. Si aconsejar es humano, ignorar el consejo es prácticamente una necesidad directamente proporcional al grado de independencia, seguridad, carácter o autocomplacencia.

Uno necesita reafirmar la personalidad en errores propios, poner a prueba capacidades con la esperanza de ser diferente a la inmensa mayoría. Tan pronto adoptamos la decisión de hacer caso omiso a la sabiduría ajena, fruto probable de un desoír anterior, olvidamos el asunto hasta protagonizar un momento de sinceridad interior en que, rápidamente, reivindicaremos el derecho a la equivocación o hasta que nos lo recuerden. Duro instante, terrible frase: “Te lo dije”. Mejor olvidar y a ser posible para siempre.

Pero a la vuelta de la esquina llega la ocasión de erigirse en consejero, inmenso pozo de sabiduría, santuario de prudencia y raciocinio. La historia se repite, solo cambia la posición del sujeto, de obviar a intentar imponer y de ahí al odioso “Te lo dije” solo hay un paso.

Deberíamos reconsiderar esta política de usar y tirar para dar paso a un reciclaje de recomendaciones. Ahorraríamos energía y descubriríamos, con asombro, la validez de consejos casi legendarios.

 

Foto: Mercedes De Soignie

Foto: Mercedes De Soignie

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